Endiablao
Novela
Capítulo
1.
Mero
vara´o.
El viejo se percató que sobre el
bajo de lodo había una especie de lámina de zinc brillando bajo los rayos del
sol. Le pareció eso por la manera como reflejaba la luz, pensó “quizás del
techo de alguna casa del río”. Sin embargo, no concluyó nada, a sus setenta y
tantos años había aprendido que el dicho de Tomás era el más recomendable en
estas ocasiones: “hasta no tocar, no creer”. Entonces siguió navegando,
rodeando la playa que estaba creciendo por la vaciante de la marea. Eran casi
las diez de la mañana, el sol azotaba el manglar y las gotas de agua que se
desprendían de los manglares eran como miniaturas de cristal en donde se
reflejaba y multiplicaba el brillo del sol mañanero. Sólo se escuchaban los
golpes del sonido del canalete en el agua, los ronquidos del manglar, y uno que
otro canto de pájaro. Volvió a mirar el extraño brillo sobre la playa y ya no
le pareció que fuera una lámina de zinc. Su interés aumentó. Se detuvo y acercó
la canoa a la orilla. Respiró, como quien dice veamos a ver qué pasa. Clavó el
canalete en la playa, el barro cedió y el canalete se hundió fácilmente; se
dispuso para acercarse a la extraña forma que había llamado su atención. No
tuvo que caminar mucho para que ésta fuera dando su verdadera naturaleza. El
viejo no alcanzaba a comprender del todo, lo que veía era absolutamente
asombroso, nadie se lo creería: el mero más grande que había visto en su vida
estaba ahí delante de él, vara´o sobre la playa de barro que poco a poco se
hacía más grande por la vaciante. El viejo sonrió desconcertado, tamaño animal
se habría quedado en seco por estar alimentándose de los cangrejos y camarones
de una caleta que había junto al manglar, seguramente se quedó en una parte
onda y cuando bajó el agua no encontró por donde salir. La vida del estero le
había jugado una mala pasada. Ahí estaba, dando los últimos aletazos y
muriéndose en su propio peso sobre el barro y bajo el sol.
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