domingo, 21 de diciembre de 2014

Endiablao



Endiablao
Novela


Capítulo 1. 
  

Mero vara´o.

            El viejo se percató que sobre el bajo de lodo había una especie de lámina de zinc brillando bajo los rayos del sol. Le pareció eso por la manera como reflejaba la luz, pensó “quizás del techo de alguna casa del río”. Sin embargo, no concluyó nada, a sus setenta y tantos años había aprendido que el dicho de Tomás era el más recomendable en estas ocasiones: “hasta no tocar, no creer”. Entonces siguió navegando, rodeando la playa que estaba creciendo por la vaciante de la marea. Eran casi las diez de la mañana, el sol azotaba el manglar y las gotas de agua que se desprendían de los manglares eran como miniaturas de cristal en donde se reflejaba y multiplicaba el brillo del sol mañanero. Sólo se escuchaban los golpes del sonido del canalete en el agua, los ronquidos del manglar, y uno que otro canto de pájaro. Volvió a mirar el extraño brillo sobre la playa y ya no le pareció que fuera una lámina de zinc. Su interés aumentó. Se detuvo y acercó la canoa a la orilla. Respiró, como quien dice veamos a ver qué pasa. Clavó el canalete en la playa, el barro cedió y el canalete se hundió fácilmente; se dispuso para acercarse a la extraña forma que había llamado su atención. No tuvo que caminar mucho para que ésta fuera dando su verdadera naturaleza. El viejo no alcanzaba a comprender del todo, lo que veía era absolutamente asombroso, nadie se lo creería: el mero más grande que había visto en su vida estaba ahí delante de él, vara´o sobre la playa de barro que poco a poco se hacía más grande por la vaciante. El viejo sonrió desconcertado, tamaño animal se habría quedado en seco por estar alimentándose de los cangrejos y camarones de una caleta que había junto al manglar, seguramente se quedó en una parte onda y cuando bajó el agua no encontró por donde salir. La vida del estero le había jugado una mala pasada. Ahí estaba, dando los últimos aletazos y muriéndose en su propio peso sobre el barro y bajo el sol.