viernes, 14 de agosto de 2015

El Silencio de Luz Marina

1.  Cuando llegaron los invasores

El sueño de las quince familias, habitantes de Playa Tangare, fue interrumpido por el estruendo de motores que venían del mar. En la bocana El Toro, donde el río se encuentra con el gran océano, aparecieron las lanchas rápidas movidas por potentes motores fuera de borda que, irrumpiendo sobre olas y torbellinos, se acercaron al caserío donde se estaban despertando con el asombro los pescadores y sus familias.
En la oscuridad parecían decenas de canoas, llenas cada una con una veintena de hombres armados y vestidos para la guerra. En pocos minutos invadieron la orilla y los embarcaderos, mientras que los asustados habitantes trataban de entender qué estaba pasando, quiénes eran estos visitantes y por qué estaban invadiendo su pueblo a esta hora y de manera tan violenta.
Tan pronto como llegaron a la orilla se escucharon sus gritos, sus órdenes, el ruido de sus botas golpeando el agua, pisando las arenas húmedas de Playa Tangare, las voces de los hombres que organizaban las canoas y las maniobras de apagar y acomodar los motores.
Luego se sintieron sus pasos marciales recorriendo la calle del pueblo y se oyeron sus golpes en las puertas de las viviendas y sus gritos ordenando que todo el mundo saliera a la calle. Eran gritos nunca escuchados, ordenes que nunca hubieran imaginado obedecer. No tardaron mucho en saber quienes eran sus visitantes. Los habían visto en los programas noticiosos de la televisión y en esos programas habían oído las historias de sus masacres y de sus asesinatos sistemáticos. Su crueldad los antecedía como un macabro mensaje que anuncia una tragedia.
Los habitantes de Playa Tangare fueron bajando de sus viviendas con la incertidumbre propia de quien no sabe qué le va a suceder, tallando en mente y corazón el temor de  lo desconocido. Con el silencio del que teme y no se atreve a decir nada, con el dolor del que sabe que la vida como la ha vivido ha terminado en ese momento; así fueron reuniéndose, primero frente a sus viviendas, luego en grupos más densos, frente a los invasores.
Un murmullo silencioso, un nervioso mover de los cuerpos, un extraño temblor en la voz, un lento caminar hacia los desconocidos hombres armados que habían llegado a su playa. Eran solo eso, un grupo invadido por el terror que inspiraban los recién llegados y se movían en silencio, callados, esperando el disparo o la voz de alguien que dijera algo, una pregunta, una afirmación, un reclamo o algo similar que les obligara a despertarse de esto que empezaba como el fin de un sueño plácido hacia una terrible pesadilla.

Y una voz llegó fuerte como el trueno que anuncia la tormenta, era una voz agria, acostumbrada a mandar, voz de matón, voz de amo, voz de dueño y señor de tierras y de vidas, una voz ajena que dijo como si no se dirigiera a ellos que de ahora en adelante aquí no se mueve una hoja sin mi consentimiento, estamos aquí para liberar a la patria de bandoleros y sus secuaces y aquel que resulte uno o lo otro será castigado como traidor por nuestra justicia militar. De hoy en adelante, siguió la voz, ― era el comandante, un paisa pero no hablaba con el tono de los antioqueños que habían conocido ―, de hoy en adelante no se puede salir a pescar, ni a tumbar madera, ni a recoger arroz, ni hacer nada de lo que hasta ayer se hacía, nada de grupos, ni de día, ni de noche, sin que yo lo ordene; en las noches no se podrá andar en la calle después del toque de queda que será a partir de las siete, no se puede viajar a la ciudad sin que yo lo ordene, no se pueden reunir más de dos personas de familias distintas, quedan prohibidas las fiestas… ¿Han entendido?, ¿Está todo claro?